KONGOS en
la Ciudad de México.
Por: Roxana Judith Mancilla
Es
27 de abril del 2017, la calle está mojada y un poco de lluvia nos recuerda que
la primavera está presente. La Ciudad de México comienza a iluminarse con los
focos del alumbrado público y nosotros corremos de prisa a nuestro destino.
Una
noche llena de música nos espera en el Plaza Condesa, lugar donde una de
nuestras bandas favoritas pretende encender al público mexicano.
KONGOS,
una banda conformada por un cuarteto de hermanos sudafricanos, nos trae un concierto
lleno de locura y pasión desbordante. La banda que, tras presentarse en el 2014
en el Corona Capital, regresa a México para presentar su último show en
Latinoamérica del “Egomaniac Tour 2017”.
Los
pies me duelen de correr, y el sudor me recorre la espalda, los nervios invaden
mi cuerpo y mis energías están al cien. Estamos a solo unas calles del lugar y
observo gente que parece también va hacia el concierto.
Atravesamos
el Parque España y la gente pasaba a nuestro lado con la misma velocidad que
nosotros, todos íbamos al mismo lugar y compartíamos las mismas ansias de
corear las canciones de KONGOS.
Llegamos
a la entrada del auditorio y la gente con las playeras del Egomaniac ya está formada para entrar al recinto. Nos revisan las
mochilas y entramos al lugar, un ambiente con muy poca luz me confunde y mis
ojos intentan adaptarse a la iluminación.
Veo
algunas personas sentadas en el piso, volteo y dos ojos de pantera pintados en
la pared me miran fijamente, sus colores púrpuras y azules se hacen notar en el
lugar tan oscuro.
Por
fortuna hemos llegado a tiempo para alcanzar lugares al frente, veo como el
lugar se va llenando poco a poco y un poco antes de las 9:00 pm, me encuentro
buscando un lugar por donde observar con claridad. Una guitarra, un bajo, un
teclado, una batería y el tan afamado acordeón esperan a que la noche se
encienda.
Las
luces se encienden y la gente se descontrola, los primeros riffs de guitarra
suenan y de uno en uno entran los cuatro hermanos a tomar su lugar en el
escenario. Gritos involuntarios salen de mí mientras tomo fuertemente la mano a
mi amigo.
Los
coros empiezan de inmediato mientras los hermanos tocan “Repeat After Me”, el
público brinca, levanta las manos y aplaude al compás de la música. Yo solo me
dejo llevar por la música mientras mi cuerpo vibra con sus frecuencias.
La
gente a mi alrededor no deja de bailar en ningún momento, siguen cantando a
todo pulmón dejándose llevar. Suena “Hey I Don’t Know” y las palmas aparecen de
nueva cuenta, bailamos y cantamos con los que nos rodean como si los
conociéramos de antes, el solo de guitarra retumba en mi pecho y algunos gritos
de emoción se me escapan.
Esta
noche avanza y después de cantar “Come With Me Now” siento que la garganta me
suplica un trago de agua, la euforia no recae y tampoco me siento agotada, al
menos no aún, la canción siguiente es de mis favoritas y siento poco a poco
como comienza.
Extrañamente
no siento el cansancio en mis pies hasta las últimas canciones, mi cuerpo
comienza a resignarse a que el final está cerca.
Las
primeras notas de “I Want To Know” se hacen presentes y mis energías regresan
por un instante, grito al final y hago conciencia de que quedan pocos minutos
para que la velada termine.
El
encore del concierto nos deja un momento emotivo, tocan “Escape” y mis dedos se
entrelazan a los de mi mejor amigo, lo siento cerca y un abrazo largo hace de
ese momento el favorito del concierto. Observo como una pareja frente a mí se
canta la canción al oído mientras algunas lágrimas escurren en las mejillas de
un chico a mi derecha.
El
ambiente eufórico descansa en las notas de la balada favorita de la banda,
minutos llenos de amor y quizás de recuerdos, invaden el recinto.
El
concierto termina, mis piernas ya no pueden más y mi corazón aún explota de la emoción.
Una
noche inolvidable con KONGOS en México.

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